EMILY
Cuando se expresa, su voz parece una dulce melodía, tiene un tono suave, agradable y retraído. Es una mujer que solo trasmite pureza al mirarla a los ojos, aunque su color de piel canela, su bronceado dorado, despierta en los hombres que la admiran el deseo de poseerla. Sus ojos color azul oscuros, su cabello negro largo, su nariz fileña, sus labios gruesos provocadores, sus cejas lineadas y definidas; definitivamente un rostro angelical e inocente con una mezcla de picardía, la convierten en una hermosa mujer, su nombre es Emily.
Se caracteriza por una natural elegancia , es delgada, alta, con un cuerpo esbelto, unas caderas voluptuosas, un busto grande y sensual, como la de una verdadera reina de belleza; sencillamente es la mujer perfecta, sin embargo es un poco tímida, retraída y callada. Su belleza es única e incomparable, irradia ternura, confianza y al mismo tiempo intriga. Su olor a sándalo y a incienso, confirma su devoción por las imágenes sagradas, siente una gran pasión por las por la historia del Nuevo y Antiguo Testamento de la Biblia, y adora los retratos de todos los Santos, en especial la Virgen: María Inmaculada, La Virgen de Lourdes, María Auxiliadora y la Virgen del Carmen.
Emily es una mujer soltera, de buenos modales la cual pertenece a una familia pudiente y respetada dentro de la sociedad, nació el 31 de octubre de 1981 en San Onofre Sucre, vive allí en una cómoda casa en compañía de sus padres. Esta hermosa mujer le gusta vestirse con vestidos de color blanco, primordialmente los días domingos para asistir a la misa, pues considera que ésta es la mejor manera de rendirle adoración a Dios, el resto de los días de la semana se viste con vestidos, faldas, jeans, blusas y camisillas modernas de colores expresivos, por medio del cual Emily se distingue entre las mujeres de su pueblo por tener un estilo particular, único y refinado, al mismo tiempo recatado y decente.
La gente del pueblo piensa que está loca, porque ha jugado con la vida y con la muerte, ha intentado varias veces quitarse la vida, algunos recuerdan cuando en la fiesta patronal del santo del pueblo, fue encontrada por la empleada colgada del árbol de mango del patio de su casa, estaba morada y los ojos blancos perdidos entre el cielo; el grito de la angustiada señora Pacha precipito a todos los vecinos quienes asustados corrieron hacia la morada, pero más que para ayudar era para chismosear, al ver a Emily como una gallina chueca, todos soltaron la risa y en vez de ayudar solo criticaban, porque sabían que la bella joven solo llamaba la atención, puesto que aseguraban que si realmente quería ahorcarse no lo haría una manguera, sino con una cuerda; sin embargo no se explicaban su aspecto moribundo.
En un pueblo como este, todos saben la vida de sus vecinos; Emily figura ante el pueblo a pesar sus extraños hábitos, ser una mujer con modales éticos definidos, dentro de una sociedad machista con una actitud hipócrita de lo que debe ser la apropiada conducta, sobre todo cuando se trata una dama, pues imposible no creer que era toda una venerable señorita siendo tan devota a cuanto santo existiera; se creía que su locura provenía de aquella íntima devoción, que confabulaba con espíritus del más allá que la trastornaban y le robaban la paz. No siendo más astuta Emily utilizaba esta armadura solo para esconder su verdadera razón de locura, ¿se puede morir o enloquecer de amor?, meditaba todo el tiempo como si buscara una razón para coquetearle a la muerte y burlase de la vida.
Pero detrás de esa ingenuidad y esa supuesta locura se escondía una apasionada mujer, que desvelaba su alma por Federico, un hombre de 35 años, alto, claro de ojos negro intenso, de cejas gruesas, el cual le decían el turco porque tenía un aspecto de árabe, un hombre atractivo que encantaba naturalmente a las mujeres que lo conocían, Emily no era la excepción, todas las noches lo pensaba, lo deseaba, recordando aquella tarde de desliz corrompiendo su corazón, en el desván detrás de la cocina en la casa de sus padres, se escabullo entre los brazos sudorosos de Federico, entregándole su inocencia y todo su amor; desde aquel día no lo pudo dejar de pensarlo, el turco aprovechaba la ocasión, siempre le pareció hermosa, pero su particular comportamiento no le permitía amarla, solo disfrutar su figura celestial.
Cada vez que lo deseaba Federico se beneficiaba de los favores de su fiel amiga, eran tan bella, tan aséptica y sexapilosa, que lo volvía loco su aroma de incienso, varias veces la comparaba con la virgen, y en los encuentros clandestinos en el hotel de don Juan, la llamaba su virgencita, la virgen de San Onofre que siempre le hacia el milagrito. Tantas noches de pasión fueron convirtiéndose en una rutina, y poco a poco toda esa admiración no fue algo más que pasajero que le permitía al turco destrenzarse después de una jornada de trabajo; mientras que para Emily era entrar en el éxtasis profundo de su existencia, como si el tiempo se detuviera en medio de besos y caricias rodeado de nubes, de mariposas que la hacían subir al cielo, reposando en un mar de lágrimas. Después de varios meses de romance, Federico estaba dispuesto a terminar esa relación basada en el deseo de unir sus cuerpos en el lecho de un viejo hotel, como de costumbre él la esperaba todos los viernes, esa noche bajo una fuerte lluvia entró Emily con un bello vestido azul, notándose toda su ropa interior, al mirarla le dijo: hoy te pareces a María Auxiliadora, con una sonrisa pícara en sus labios, – respeta Federico está bien que me llames tu virgen de San Onofre, pero no te permito que te burles de mi madre, María Auxiliadora, tu sabes que es ella la que nos protege, para que este pueblo lleno de chismosos no se enteren de esta relación, ni te imaginas que pasaría si mis padres se me vieran en estas, Federico la interrumpió un poco turbado y nervioso tomando un trago de brandy sin respirar le dijo: -es tiempo de olvidarnos de esto, es mejor que cada uno tome su camino, me iré por un tiempo a trabajar a Barrancabermeja, tu sabes un mejor salario, estabilidad laboral y con un mejor puesto, agradezco tus especiales favores, pero no soy el hombre para ti, -no me confundas con una puta barata, ni me agradezcas, porque no te hice ningún favor, realmente yo te amo. Surgió entonces un silencio total, un aire de desconcierto, Federico sin palabras se despidió con un beso en la frente, mientras Emily perpleja miraba llover por la ventana de la habitación.
En el mes de agosto hace un calor infernal en el pueblo, y todas las tardes como a las 05:00 p.m. la mayoría de sus habitantes se sientan a recibir aire fresco en el andén de sus casas; para Emily significaba hallar una paz indescriptible en medio de tanta tristeza, después de la partida de Federico, se consagró cada vez más a la Iglesia, con el fin de que todos los santos y ángeles, le concedieran el perdón de sus pecados, cada vez era más mística que pareciera que realmente se le corrió la teja, se le veía hablar incoherencias cuando se sentaba al frente de su casa, Pacha la empleada doméstica, una mujer morena de 50 años, de corta estatura y un poco gorda, se encargaba de divulgar que sí estaba loca, que todos los días intentaba en un acto desesperado quitarse la vida, que a veces cuando más deprimida estaba, con un cuchillo auxiliar del comedor, pretendía cortarse las venas, pero que el cuchillo no podía hacerle daño eso decía Emily con su angelical voz; esta situación se estaba saliendo de control y sus padres no soportaban más las actitudes de su hija, hasta el punto de considerar internarla en un convento con la idea que saliera por fin el demonio que la atormentaba, pues no se explicaba qué razón tenía para tan absurda desesperación.
Su madre una mujer de origen paisa, de piel clara, ojos azules, cabello castaño oscuro, de 47 años de edad, siempre irradiaba un brillo especial en sus ojos como de esperanza y alegría, una mujer dedicada a los negocios mercantiles, era dueña y gerente de los mejores almacenes de ropa en San Onofre y a pesar de los extraños procederes de única hija, nunca se le notaba triste, una sonrisa era casi siempre su carta de presentación, Doña Mercedes era querida y respetada entre la gente del pueblo, pues además era muy generosa con los más necesitados; más la situación de Emily empeoraba, se preguntaba si todo tenía que ver con aquella dolorosa noticia que impactó la vida de su ingenua niña. En ciertas ocasiones recordaba el rostro de su hija, la tristeza de su pequeña… cuando un domingo como de costumbre, Emily se organizaba para asistir a la Iglesia, mientras que se contemplaba en el espejo, maquillando su rostro y organizando la ropa que llevaba puesta, en ese preciso momento su madre tocó a la puerta y entró a su habitación, la saludo cariñosamente, la mirándola fijamente a los ojos la abrazó, lloraba desconsoladamente, con una angustia profunda.
Emily se sorprendió de la actitud de su madre, y le preguntó qué ocurría, que le estaba pasando, ella le dijo con la voz quebrantada, que la mejor amiga, la compañera de toda su infancia había muerto esa madrugada. ¿Cómo? ¿Por qué?- preguntó Emily. –Parece que le dio un extraño dolor en la cabeza, no pudo soportarlo y le ocasionó la muerte. El corazón de Emily latía desesperadamente, sintió un nudo en la garganta, no podía llorar, sólo pensaba en Maritza, recordaba momentos vividos, sueños compartidos; quería verla, abrazarla, decirle que la amaba, pero no podía, quedó paralizada en la silla, estaba impotente ante tal situación. Se fue de esta vida, se fue de su lado y ella no podía ser absolutamente nada, nada… sólo pensarla y recordarla como su mejor y única amiga.
Doña Mercedes se confundía a diario por la actos de Emily, se negaba a suponer que estaba loca, la amaba y deseaba ver en ella un mujer independiente, emprendedora y segura, ya que su natural belleza habría puertas ante un mundo superficial en el que muchas veces solo cuenta lo estético, pero aun así ni quisiera esa encantadora belleza podía opacar la anormalidad de su hija; una tarde la vio vestida como la virgen del Carmen, caminando descalza por toda la casa, con un niño de dos años entre sus brazos vestido con un traje rosado, era hijo de Amanda la vecina más chismosa del barrio, y con una camándula de madera en la mano del pequeño, con una voz de espanto le dijo: –qué sucede Emily, deja por favor de llamar tanto la atención, porque insistes parecer una desquiciada ante las personas que te amamos, ante nuestras amistades, o acaso quieres matarnos a tu padre y a mí de pena moral. –lo siento, mamá, pero escucha el canto de los ángeles que se alegran al ver a María reencarnada en todo mi ser– mientras su mirada estaba fija en la baldosa, su madre se le erizó toda la piel, confundida de las ocurrencias de su hija. Estaba convencida que todo tenía que ver con la muerte de Maritza, culpándose un poco por haberle dicho la verdad, era mejor esperar algún tiempo.
Mi pequeña Emily, así la llamaba su padre don Juvenal, un hombre costeño, nacido en Corozal–Sucre, de unos 52 años, moreno, robusto, alto, cabello color negro y ojos color miel, un hombre atractivo, de facciones bruscas, pero encantadoras, trabajador con una actitud de mando, se dedicaba a la ganadería, más que su labor, era su verdadera pasión, amaba más que a nadie en el mundo a su Emily, en el fondo de su corazón sentía lástima por su hija de 30 años, una mujer hermosa, esplendida, pero inverosímil, no dejaba de verla como su niña, para él siempre seria su pequeña, era por sus actitudes que lo sorprendían e inquietaban, alimentado ese espíritu de compasión por su amada Emily, y el intento de recordar a su hija feliz, llevaba a su mente cuando Emily cumplió 7 años de edad, cabalgando en el˝ Conserje˝, el primer caballo que le obsequio en honor a su santo, era feliz, alegre, todo el tiempo sonreía, como una niña normal, era la única vez que había visto a su hija con un espíritu de felicidad y paz. Don Juvenal se preguntaba por qué Emily había cambiado tanto, él no estaba de acuerdo con su esposa que el motivo de su cambio era la muerte de Maritza, él pensaba que era hereditario, creía que la maldición la obtuvo de la tía Jacinta una anciana fea, coja, parecía una bruja sobre todo por la particular verruga que llevaba en la nariz, la cual murió de una extraña enfermedad, y su tormento se la había trasmitido a su pequeña, porque siempre fue hermosa.
Los padres de Emily no imaginaban que su niña de inocente solo poseía esa tierna voz, y la imagen de virgen con sus vestidos largos cuando participaba de la santa cena los días domingos; pero era toda una mujer apasionada, perdidamente enamorada, alimentando los recuerdos, el deseo, y las ganas de ser amada. Eran más de seis meses que no sabía nada de Federico, extrañaba cada día más sus caricias, el olor de su cuerpo como a madera seca, en medio de pensamientos versátiles la emocionaba el hecho de haberse escondido entre la oscuridad, buscando como una gata en calor a su amado, estremeciéndose, consintiendo un éxtasis total de placer, la excitaba que nadie se hubiese enterado de sus encuentros recónditos, le parecía un verdadero milagro, el milagro de libertad en el pueblo del infierno, además sorprendida de la prudencia de don Juan el dueño de las viejas residencias, creía que era la única persona decente que existía en el pueblo, pues un chisme como esos era para dar que hablar durante décadas entre sus vecinos. Los síntomas de depresión fueron transformándose, no sentía abatimiento por su amado, ahora con esperanza anhelaba verlo llegar con una sonrisa y quizás con un poco amor encendido por ella. Con moderación le preguntaba a la empleada por el turco, Pacha sin interés le decía que no sabían nada de él- ¿señorita Emily, puedo saber cuál es su preocupación por el turco? ¿es amigo suyo?,- no, no, hay nada porque angustiarte, tu sabes que nadie como él en este pueblo para tallar en madera, y estaba pensando en resaltar la imagen de la virgen de los dolores, para ponerla en el patio al lado del árbol de mango, donde milagrosamente el Señor me salvo de la muerte – mire niña la gente dice que el turco no vuelve más por aquí, quien sabe que espanto le salió, ese hombre se fue y para siempre- ¡qué pena!, pero yo creo él vendrá y veras que tallará mi virgen, espero, ¡como tú sabes todo lo que pasa en San Onofre, cuando sepas algo de él, de inmediato me lo comuniques! -claro que sí, niña, pero no se haga ilusiones, no creo que regrese, mejor dígale a Pedro que le haga la imagen de la virgencita, él también es buen carpintero, sin responder nada e ignorando a la empleada, Emily se marchó y se encerró a su habitación.
Por esos días había demostrado un notable cambio, por lo menos no intentaba quitarse la vida, era un descanso para sus padres; sin embargo no hablaba con nadie, ni con el párroco del pueblo, con los acólitos, los empleados de la casa; esta situación desconsolaban aún más a sus padres, pues no sentían temor, sino un gran desconsuelo por las depresiones inesperadas de su hija. Doña Mercedes regresaba más temprano a casa, con la intención de darle la comida a Emily como si fuera una pequeña. Esa tarde de fuerte verano entró a la habitación de su hija con una sopa de pescado que le había preparado Pacha; al entrar la vio desnuda golpeándose con un látigo en la espalda impregnada de sangre- ¡me vas a volver loca!, qué te pasa hija, con la voz quebrantada y con una imparable lluvia de lágrimas la tomo entre los brazos, besándola le decía Emily, mi pequeña Emily, te burlas de la vida y seduces al dolor, destruyéndome el alma, ¡auxilio, ayúdenme!, gritaba penosamente Doña Mercedes, Pacha entró al instante, -¡hay virgen del Carmen!, perdona nuestros pecados!, dándose la bendición miro perpleja la piel despellejada de la bella Emily, y el dolor de la Señora Mercedes, tiradas en el suelo, llorando una junta la otra y el olor a pescado impregnado en la alcoba, parecía el infierno, pensó Pancha, ¡pobre familia de ricos! ¡Están malditos!.
Después del último episodio, los padres de Emily contrataron una enfermera exclusivamente para el cuidado de su hija; luego de tres meses pareciera que la tranquilidad rondara nuevamente por su casa, Emily manifestaba estar acorde a sus cinco sentidos, hablaba poco, pero hablaba, volvió a rezar el rosario todos los días y no dejaba de asistir a misa los domingos como siempre; la gente murmuraban entre sí, cuando la veían pasar, ¡ahí va la loca, la bella loca!, lástima mujer tan hermosa, pero definidamente perdida en el trastorno. Hacia un año que Federico se marchó de San Onofre, coincidiendo con las fiestas patronales del pueblo, Emily presentía el regreso del turco, sabía que el santo se lo traería por esos días, estaba feliz, como de costumbre se perfumaba de incienso, pero esta vez con un toque de canela para la buena suerte. Las tradiciones del pueblo inspiraban orgullo, patriotismo y una gran alegría, como una atmosfera que se esparcía entre toda la gente, la algarabía, la bulla, la parranda, las corralejas y por supuesto la serenata al santo.
Don Juvenal en cambio se preocupaba porque por estas fechas su pequeña Emily en ocasiones intenta ciertas demencias, nunca olvida la escena del árbol, y por este tiempo es mejor estar precavido, tenía a todos sus empleados pendientes hasta el mínimo detalle de lo que hiciera su hija; sin embargo estaba sorprendido por ese nuevo semblante de Emily en vez de actuar con vocación a las fiestas, la veía como adolescente enamorada inclinada a su presentación personal, en su cabello, en sus uñas, un inusual olor a canela, pero no se imaginaba de quien podía estar interesada, no tenía amigos, hablaba con los empleados y muy de vez en cuando con los servidores de la Iglesia, lo inquietaba, pero le daba cierta confianza que Emily demostraba ser feliz. El sábado por la tarde mientras Emily estaba reposaba en su habitación como meditando en el tiempo, en el pasado y futuro, interrumpiendo el limbo de sus pensamientos, llegó Pacha y con una voz de alegría le dijo- niña ha llegado el turco al pueblo, haber si por fin le haga la imagen de la virgen de los dolores, llegó esta mañana, hospedándose en el hotel de don Juan-¡cuando lo viste!, -no lo vi, me lo conto el mismísimo don Juan- gracias mi Pacha iré ahora mismo hablar con él, pues tu sabes estamos en las celebraciones patronales y que mejor en esta época para homenajear a la santa Virgen- niña la acompaño- no mejor no, no te preocupes iré sola, no me tardaré, es mejor que me dé prisa. Era tanta la emoción de Emily que le dio un beso en la mejilla de Pacha, una alegría sin par, que rebosaba desde el interior, sorprendiendo a sus empleadas.
Emily se vistió de un hermoso vestido verde con un estampado de flores, se perfumó con aroma de sándalo y canela, se contemplaba en el espejo y veía a una mujer rejuvenecida, enamorada y apasionada, con la astucia que la caracterizaba salió de su casa sin que nadie lo notara, pero le dijo a la enfermera que no angustiara solo iba a confesarse con el sacerdote, y que volvería en una hora, Yilda la miro con duda, pero al verla tan feliz, considero que era buena idea y que si no estaba a la hora acordada ella misma iría a buscarla –estaré bien, estoy muy feliz para hacer alguna tontería, no le hagas caso a papá, parece un viejito regañón. Durante el camino solo recitaba todas las oraciones a sus santos, agradeciendo por el milagro del amor -te amo Federico, y te haré el hombre más feliz de este mundo, te amo, siempre te querré, mi amor, mi vida, mi alma gemela... te amo como a la muerte que seduce mi vivir, seré tu santa, seré tu virgen, te cuidare siempre…- en medio de tal regocijo se turbo cuando de repente en el parque del pueblo ve a Federico, acercándose sin ser vista, lo observa desde una de las sillas, besando a una bella rubia y en sus brazos cargando un bebé, al escuchar la gruesa voz, esa melodía que iluminaba sus sentidos, recordó elos susurros de amor.. Lo vio saludando al sacerdote y presentándole aquella mujer.- padre le presento a mi esposa Adela y mi hijo Carlos.
Los pensamientos se confundieron, Emily, no pudo escuchar más, los sonidos eran solo balbuceos sin sentido, con la mirada en alto se dirigió hacia su casa, al llegar saludo cariñosamente a sus empleadas, bajó hasta el desván y recordó la primera vez que compartió su amor con el turco, estaba tranquila meditaba entre el amor y el odio. Subió nuevamente a la cocina pidió un vaso de agua –niña Emily como le fue con el turco, preguntó pacha, -no lo encontré don juan me dijo que había salido hacer unas diligencias, de todas formas le deje el recado, que viniera cundo estuviera desocupado – señorita Emily es hora de rezar el rosario, como le fue en la iglesia, -bien- más tarde lo rezaré sola en la habitación, Emily le pica el ojo a pacha, para que no diga nada, pues era solo una pequeña mentirita, para librarse de la presión de Yilda. Esperó a sus padres hasta que llegaran a casa y con entusiasmo cenó junto a ellos, para sorpresa de doña Mercedes y don Juvenal, no se esperaban tal emoción, cenaron en familia como hace mucho tiempo no lo hacían. –Te amo papá, eres un hombre honesto y de buenos sentimientos- y mirando los ojos de su madre le dijo- tu siempre fuiste mi mejor consuelo, gracias por tu cariño- es hora de descansar iré a dormir, mañana será la procesión de San Onofre, espero estar con ánimo para ir- -¡claro que si mi amor!, -¡duerme mi pequeña Emily!-.
La vida está llena de oportunidades meditaba Emily mientras entraba en su alcoba, todo tiene un principio y un final, el destino permanece escrito y es el espíritu quien le da un significado, mi amado Federico estarás impregnada en mí y te espere más allá de la muerte, seré siempre su virgen la que te hace el milagrito. ¡Muerte querida!, ¡muerte, eres tan bella como la vida!… Seguramente en mi otra vida seré una santa…confundida en sus pensamientos, en el anhelo jamás encontrado y satisfecho, en el intenso dolor del alma que opaca la voluntad de seguir respirando, seguir amando, seguir luchando por unos minutos saciados de esperanza, Emily juega con la vida, seduciendo siempre a la muerte. Al otro día entra Pacha a la habitación de Emily, percibe un fuerte aroma a incienso y canela, pero esta vez no pudo hablar cuando vio a su niña colgada del ventilador de la habitación, vestida de blanco dado vueltas con una carta que decía: por otra vida que me aparte del tormento…
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